Trabajar por propuestas en EPA: una forma realista de atender la diversidad

 


En el post anterior veíamos las razones por las que  una formación específica de Español y Alfabetización en EPA era necesaria y cuáles son los ejes principales que estamos trabajando con el profesorado. 

Hoy quiero empezar a bajar todo eso a tierra y mostrar cómo se puede organizar una sesión real de aula cuando tenemos, como es habitual, niveles muy diferentes en el mismo grupo.

La idea que estamos desarrollando se inspira en el trabajo por rincones de infantil o en las estaciones de aprendizaje de Primaria y secundaria, pero adaptado a personas adultas, sin infantilizar, con materiales funcionales y con un sentido muy claro: que cada persona pueda trabajar a su nivel, pero todas sobre el mismo tema. No se trata de hacer cuatro clases distintas dentro de la misma aula, sino de construir propuestas que permitan distintos recorridos de aprendizaje sobre un mismo tópico. (Si queréis saber más sobre estaciones de aprendizaje, un libro muy sencillo y claro es el realizado por Alba Sabuco)

El trabajo por propuestas en el aula multigrado

En nuestras aulas EPA es muy habitual encontrar, en la misma sesión, personas no alfabetizadas, personas alfabetizadas en otra lengua pero sin español, personas con un nivel básico o medio de español y personas hispanohablantes con buen nivel oral pero dificultades en lectoescritura o en el registro formal. Esta diversidad no es una excepción, es la norma. Y mientras sigamos intentando trabajar como si tuviéramos grupos homogéneos, la sensación de desbordamiento va a seguir ahí.

Por eso, más que pensar en una estructura rígida de sesión, lo que realmente marca la diferencia es el trabajo por propuestas. Es este enfoque el que nos permite manejar las ausencias, fomentar la autonomía y reducir la dependencia constante del docente. Cuando el aula se organiza en torno a tareas claras, cerradas y reutilizables, el alumnado puede incorporarse cuando llega, retomar una propuesta si ha faltado y avanzar sin que todo dependa de una explicación única que sucede una sola vez. Esto, en EPA, es clave.

Un ejemplo: La salud

En una sesión de una hora y media sobre la salud, el inicio debería ser siempre conjunto. No hay niveles, no hay separación. Se introducen imágenes reales del centro de salud, del médico, de la farmacia, del cuerpo. Se puede comenzar con un video o hablando de una anécdota nuestra en el médico. 



Se pregunta, se señala, se repite, se gesticula. Se nombran palabras clave en voz alta, se juegan pequeños juegos de eco, se marcan sílabas con palmadas. Aquí el objetivo no es “explicar”, sino activar, crear un marco común y empezar a trabajar la lengua desde la oralidad y el sonido.

A partir de ahí, el aula se transforma en un espacio de propuestas. Un sistema organizado donde cada persona sabe qué puede hacer. Para el alumnado no alfabetizado, las propuestas se centran en la manipulación, en la asociación imagen–sonido, en la discriminación auditiva, en el ritmo. Son cajas con objetos, tarjetas con imágenes, juegos de clasificación, lotos visuales. No hay carga gráfica inicial, porque antes de la letra está el sonido, y antes del sonido está la percepción.

Enseñanza en varios niveles

Al alumnado recien llegado, sin alfabetizar en su propia lengua, tenemos que proporcionarle vocabulario. Las palabras siempre asociadas a los sonidos de esa lenga, pero todavía no a las letras...¡ya llegará!

(bingo de vocales de @siembreestrellas)

Para quienes están alfabetizados en otra lengua, pero no en español, las propuestas giran en torno a la relación entre sonido y grafía, a la identificación de fonemas nuevos, a la formación de palabras con letras móviles, a la lectura global de palabras útiles. Aquí el trabajo contrastivo es fundamental: ayudarles a oír lo que en su lengua no existe y a asociarlo de forma consciente a una letra.


(boquiletras de @siembreestrellas)

El alumnado con un nivel básico o medio de español necesita estructurar, estabilizar y ganar seguridad. Para ellos hay propuestas de lectura de frases sencillas, dictados muy guiados, completar palabras, pequeños role-play, escritura de frases funcionales relacionadas con pedir cita, decir dónde duele, explicar un síntoma. No es gramática por la gramática, es lengua para vivir.

Y el alumnado hispanohablante, que a menudo queda en tierra de nadie, tiene propuestas de lectura más compleja, trabajo con formularios reales, escritura de mensajes, revisión ortográfica, apoyo como mediadores lingüísticos. No se trata de que “ayuden”, sino de que sigan aprendiendo, afinando y tomando conciencia de su propia lengua.

Todo esto se sostiene gracias a los materiales. Materiales manipulativos, visuales, preparados con intención. No son un adorno, son una herramienta pedagógica de primer orden. Un mismo material puede servir para distintos niveles, para distintos momentos, para distintas personas. Una misma imagen puede ser nombrada, leída, escrita o utilizada en una frase. Eso es eficiencia didáctica real.

Además, cuando los materiales son autocorrectivos, el cambio en el aula es enorme. El alumnado puede comprobar, corregir, seguir. No tiene que estar esperando constantemente a que el docente valide. Esto genera autonomía, pero también dignidad. Muchas personas adultas arrastran experiencias de fracaso escolar, inseguridad, miedo a equivocarse en público. Poder trabajar sin exposición constante cambia su relación con el aprendizaje.

La autonomía aquí no es abandono, es estructura. Las propuestas están claras, el material está preparado, el objetivo es comprensible. Cada tarea tiene principio y fin. Y eso da seguridad. Una seguridad que, en personas adultas migrantes, no es un lujo, es una necesidad.

Hay también un efecto muy visible en el clima de aula. Cuando cada persona está ocupada en algo que entiende y que puede hacer, baja el ruido, bajan las interrupciones, baja la ansiedad. El docente deja de "apagar fuegos" y puede observar, acompañar, intervenir donde realmente hace falta. El aula se calma. Y cuando el aula se calma, se aprende mejor.

Otro aspecto importante es que este sistema se adapta muy bien a la realidad de la EPA: las entradas y salidas, las ausencias, la irregularidad. El material no caduca, no depende de que hoy esté Fátima o mañana venga Nickolas. Está ahí, disponible, esperando. Y eso, a nivel organizativo, es un alivio enorme.

A partir de aquí, la idea es ir desgranando cada tipo de propuesta, analizando cómo se puede adaptar a los distintos perfiles del aula y qué recorrido tiene en términos de aprendizaje. No tanto para ofrecer “recetas”, sino para compartir procesos y decisiones pedagógicas.

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